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Published:August 20th, 2005 14:06 EST
Muertos en clase turista

Muertos en clase turista

By Alicia Gonzalez

 

I Veo las imágenes y escucho la voz que las narra. No puede creerse tanta locura desatada, aunque ni ésa sea la palabra. Busco luego en internet explicación a todo esto, como el antiguo creyente buscaba en la palabra de Dios, remedio para la herida del filósofo dañado por el terremoto. Quiero creer en el sentido final de todo, pero vuelvo a ser un San Manuel Bueno, mártir, perdido en el laberinto del ateismo.

Nada puede ser razonable si cuesta vidas humanas. Nada es justificable si la noticia recuenta un puñado de niños entre las víctimas de las chocolatinas.

Quizá los soldados estadounidense recuperan la estrategia de antaño: ofrecer los paisajes después de las batallas, con hombres armados de rostros amables, que engatusan con sus gomas de mascar a los pequeños que ni saben ni quieren saber de la falta de agua potable, de las turbiedades del Programa Petróleo por Alimentos, ni de la brutalidad de Sadam con el pueblo kurdo.

Vuelvo a caer en tópicos y por eso esas imágenes hacen tanto daño, porque constatan que hay muertes de primera y otros que van en turista. Hay autocares cubiertos con lonas en la City londinense y botas con restos de sangre como aperitivo al plato fuerte en la masacre cotidiana de Iraq.

Dice el axioma periodístico que la distancia como en el bolero es el olvido del reportero, silogismo que se completa con la opacidad de nuestros ojos para percibir el desastre con nombre y apellidos que la encuesta oficial guarda para dejar morir en el polvo de la estadística, pero que no duda en exhibir como carnaza para el apetito ocular de los poco éticos programadores televisivos.